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Dioses griegos (parte V)

Atenas siempre ha presumido con enorme orgullo de ser la más antigua de las ciudades griegas. La leyenda acerca de su fundación cuenta que el primer rey del Ática, Cecrops pidió un protector divino para la gran ciudad.

Debido a esta petición surgió la pelea entre dos grandes dioses del Olimpo, Atenea y Poseidón, que se disputaban dicho privilegio. Para determinar cuál de los dos debía ser el ganador de la puja, se realizó una extraña competición en la que Poseidón golpeó el suelo con su temible tridente y brotó un manantial. Sin embargo el agua que manaba era salada, y por lo tanto no potable para los ciudadanos helenos.

Atenea hizo lo mismo y surgió un olivo cargado de frutos. El olivo de Atenea, que habría de brindar su riqueza a la ciudad, fue juzgado como el triunfador y la nueva ciudad llevó el nombre de la diosa.

Tremendamente enfurecido por su dolorosa derrota, Poseidón envió una monstruosa inundación a la llanura ática, castigando con crueldad a los atenienses.

En cuanto a su fisonomía como urbe, la población de Atenas en el siglo V antes de Cristo superaba los 250.000 habitantes, de los cuales 40.000 eran ciudadanos de primera clase (propietarios) con todos los derechos políticos. Además la ciudad acogía a unos 70.000 extranjeros y a aproximadamente 140.000 esclavos.

A pesar de tratarse de una democracia, ha quedado patente que esos esclavos eran tratados como animales. Su procedencia era diversa: extranjeros y también griegos de baja condición y sin estirpe.

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